Estoy cansada de preguntas retóricas. Cansada de nostalgias, del pasado. Cansada por no entenderme, por no definirme, por ser tan insegura, tan cambiante, tan auto-destructiva, tan psicosomática, por ser siempre tan. Cansada de la impotencia. Es difícil vivir sin condicionarse, sin ser condicionado por el entorno.
¿Entenderá alguien que quiero divorciarme de mi cabeza?
Yo me escribo, pero todavía no me descifro. Quien sepa leer entre líneas, ajeno a mí, tal vez entenderá lo que realmente soy. Y después podrán contarme.
4 ene 2014
¿Qué peor ciego que el que no quiere ver? Graves consecuencias de un mundo plástico y superficial. El árbol que tapa el bosque, árbol artificial y aislante que separa realidades, dando lugar al olvido de autenticidades y al consumismo. Es como un circuito eterno en el que se compran bienes para seguir formando una coraza que te carcome por dentro, enchapada en oro, pero sin valor alguno. Y así viven. Autómatas vacíos, que sienten con la piel y son propensos al reflejo condicionado. Hay que permitirse vivir. Sentir con las entrañas, pensar con el hemisferio derecho y volar un poco más.
¿Será que ya no caben buenas almas en este mundo tan oscuro y despiadado? ¿O en verdad nunca las hubo? Las luces se consumen como una mecha encendida a contra viento; por más que vuelvan a encender, nunca con la misma intensidad de la primera vez. La luz es sensible. Cualquier roce puede inhibirla, cerrarla o alejarla.
Una persona puede ser y confiar hasta cierto punto. No se pueden soportar tantas recaídas, decepciones. Nunca recibir nada. Ya nadie piensa en el otro. Ya no más.
Al fin y al cabo, las vivencias, los amores, las amistades y los bienes materiales sólo sirven para darnos cuenta cuán solos estamos en el universo.
La nostalgia, retrospectiva, ajena y anacrónica, lleva a uno a apreciar esos pequeños momentos vividos de forma rutinaria en un pasado lejano, que en un presente se percibe utópico e inalcanzable, con el fin de rearmar un rompecabezas, un rompecabezas de piezas circulares. Cada caricia es revivida, tibia y escalofriante como la primera última vez, pero vacía, porque ya no se tiene, porque se tuvo. Cada acercamiento, respiración, mutua y compartida, cálida, húmeda y cercana, se siente en un instante jubiloso, se sueña, para luego despertar frustrado, intentando definir la nostalgia.
Sin noción del tiempo, ella estaba perdida en un escenario tan oscuro que hasta parecía un sótano desolado. La función comenzaba en cinco minutos, el telón estaba a punto de correrse y se podían escuchar lejanos murmullos... o críticas. El telón corrió, la gente miraba despectivamente y las luces se disfuminaban en el secreto de lo que está por suceder. Todo salía mal, no se podía ligar lo aprendido durante el año, se encontraban sin vestuario, sin música ni compás. Al no lograr consenso como grupo, se prenden las luces. Miles de ojos curiosos permanecían fijos en los bailarines, que se sentaron rendidos por la ineficiencia colectiva. Por suerte ella advirtió su cábala pre-muestra y le avisó a su compañero, quién todavía maldecía las desgracias sucedidas: "- Facu, esto no está pasando, estamos en un sueño, el mismo sueño que repito antes de cada muestra.
- ¿Y qué hacés acá? Andá a buscar algo más interesante."
En un instante su mente, aún en trance, descubrió lo que estaba sucediendo. Era puramente consciente de los artificios que la rodeaban.
Salió del escenario, atravesó las bambalinas y le tocó decidir: una puerta iba a los camarines, de la otra colgaba un cartel que apenas se distinguía en la oscuridad espesa del ambiente somnoliento.
"Traumas infantiles de Rocío"
Al parecer su mente le jugaba un truco bastante sucio, ella sabía lo que hacía, ella escribió ese cartel y ella decidió entrar a ver de qué se trataba. Se encontró en una habitación infantil, totalmente desconocida, pero que su consciencia reconocía como propia. Al abrir la puerta de un pequeño estante, encontró una libreta escrita a mano por su madre. En la parte superior podía divisar un nombre, en la parte posterior había un archivo adjunto, que certificaba que Rocío Victoria era parte de una secta católica antisemita por parte materna. En ese instante retumban pasos secos y alejados subiendo la escalera, entre nervios y escalofríos guarda la libreta, y se recuesta en la cama. Abren la puerta, su hermano llamándola: "Levantate, ya vamos a comer".
29 dic 2013
Sentir y padecer (para volver a ser humana, claro).
De a ratos me convierto en un ciclón de emociones, preguntas y curiosidades;
pero el universo me pasa por arriba y también me absorve, se me insinúa.
Logro descubrirme en dibujos turbios y textos momentáneos, libros o fotos.
La intriga y el constante sentimiento de remar cuesta arriba.
Sí, a veces hay que sumergirse en la oscuridad y lo desconocido
para poder dilatar las pupilas y ver estrellas que pocos conocen.
En la cima de un colchón ella, distinguida, ve más allá. Se muestra llena de soberbia y vacía de todo lo demás. Sus ojos miel vuelan perdidos entre partículas brillantes y paredes blancas, que reflejan el indescifrable mundo que habita. Por eso se distingue, por eso la soberbia. Ella sabe, y también sabe que los demás no, y esconde su mísera inseguridad en la incomprensión ajena, y aprecia el desprecio, y medita la soledad. Se esconde detrás de su coraza, su pelaje, los tres tintes que se desparraman de forma heterogénea a lo largo de su escuálido y tibio cuerpo. Muere de día y cuando cae la noche, en un efímero destello de lucidez, entiende que ya no es lo que fue hace unas horas. Se abre y escapa de su armadura para sentirse amada, aceptada, comprendida otra vez. Con caricias olvida su conocimiento, se deja ser, y desarmada ronronea un pedido de súplica y compasión, un reencuentro consigo misma. Cuando sale la luna ella se acepta como tal, escapa de su imagen ficticia y olvida las apariencias que creó para no resultar herida. Se aprecia un poco más, reconoce de forma anónima y cuando cesa el sueño vuelve a caer, a formar la coraza, a cerrar el caparazón, a morir otra vez.
Oscurece, otra vez. Apenas distingo el cielo del suelo. Me encuentro acostada en lo que parece ser un sillón, con la música en aleatorio, un aleatorio que parecía predestinado sonar así. "It's just another rainy sunday afternoon." Pienso. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? La metafísica absorbe la poca luz que queda en la habitación. Un retroceso me devuelve a la etapa del por qué, para encontrarle respuesta al incierto porque sí. "El porque sí es capricho", retruqué alguna vez. Yo no vivo porque sí. No quiero, no debo y tampoco puedo. La vida es fácil (porque sí). Suenan los Beatles "Living is easy with eyes closed, misunderstanding all you see." No. Se equivocan, la vida siempre es fácil. Y si es fácil, ¿vivimos con los ojos cerrados? "It's getting hard to be someone, but it all works out. It doesn't matter much to me." Pero, ¿qué es ser alguien? Si acá vivimos por vivir, porque estamos vivos. Mi música no tiene un fin, tampoco mi vida. La existencia del destino es una certidumbre que nadie posee. La vocación, el horóscopo, el futuro. Lo único real es el presente, las preguntas retóricas y la controversia que genera lo que está por venir.
Hoy me siento lluvia. Lluvia que nace sumisa, grita fervorosa y muere en un suspiro abrumador. Lluvia que moja cabezas y resbala impermeables, rodeada de soledad tangible y vana compañía. Lluvia que rocía extenuada un cantero vacío. Y lo humedece. Y nunca lo llena. Lluvia inadvertida que ruega compasión y se redime cuando escampa.
El muerto volvía a vivir. Reencarnaba las etapas de su vida, una y otra vez, en un instante de eternidad. Aparecía casi instantáneamente en una habitación de paredes difusas, que le resultaba ajena a la vista pero en algún lugar de su inconsciente sabía que conocía perfectamente. La luz era fría y lo rodeaban azulejos espejados, y en su reflejo pudo advertir que se encontraba en una bañera que desbordaba agua turbia y pensamientos. Se detuvo a contemplar una mariposa aparentemente acuática, con alas percudidas y torso grisáceo. Nadaba o emitía una extraña danza, y dejaba detrás de sí largas hilarachas y tirabuzones color carmesí, que se esfumaban ante sus ojos, ojos abiertos, dilatados y borrosos de sueño, con los que percibe una vez más la realidad subjetiva y se levanta para continuar su vida.
Nostalgia. Nostalgia de lo que nunca se podrá tener o concretar. Nostalgia mezclada con un poco de alegría y resentimiento, contraposición que se manifiesta como jubilosos retortijones en el estómago. Presenciar ese acto produce tantas emociones y sensaciones juntas que pareciera que se funden y dan lugar a una nueva, morir y volver a nacer, en un instante, en un segundo. Abandonarse completamente en un mundo instintivo en el que lo único que se vive es el momento y la espontaneidad del cielo azul, o la majestuosa superficie blanca, que alumbra tenuemente y dibuja siluetas difuminadas, casi con vida propia; esfera que flota en una profunda boca de lobo sin dientes. Es ese instante en el que nuestras vidas se cruzan, pero no se sabe de dónde vienen ni a dónde van, en el que yo lo sé todo y ellos simplemente son. Se los conoce y desconoce en un santiamén. Ese santiamén, en el que uno mismo descubre y anhela el volar como libertad absoluta.